La moda italiana perdió a una de sus figuras fundacionales. Valentino Garavani murió este lunes a los 93 años en su residencia de Roma, acompañado por sus seres queridos. La noticia generó un impacto inmediato en la industria global, no solo por la dimensión creativa del diseñador, sino por el lugar simbólico que ocupó durante más de seis décadas en la construcción del imaginario de la alta costura.
El velatorio se realizará los días miércoles y jueves, mientras que el funeral tendrá lugar el viernes a las 11 en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, en Piazza della Repubblica. Roma, la ciudad que Valentino ayudó a posicionar como capital internacional de la moda, será también el escenario de su despedida.
El diseñador que cambió el eje de la moda europea
Aunque se retiró oficialmente en 2008, cuando cedió el control creativo de su firma, hoy convertida en un grupo global, el legado de Valentino continuó influyendo en la moda contemporánea. Su histórico desfile de alta costura en Pitti Immagine, en 1962, marcó un punto de inflexión: por primera vez, Roma y toda Italia se consolidaron como un polo de referencia capaz de dialogar de igual a igual con París.



Hasta entonces, la alta costura italiana contaba con nombres relevantes como Emilio Schuberth, Vincenzo Ferdinandi, Jole Veneziani, las hermanas Fontana o Simonetta Colonna. Pero la irrupción de Valentino logró algo más profundo: rompió la frontera simbólica que separaba a la moda francesa del resto de Europa. Ese gesto abrió el camino a las transformaciones que vendrían después, desde el auge del prêt-à-porter hasta la consolidación de figuras como Gianni Versace y Giorgio Armani.
Alta costura y cultura pop
Desde la mirada de la industria, Garavani fue considerado “el último gran couturier italiano” en una época en la que el sistema de la moda comenzaba a desplazarse hacia la producción industrial y el diseño seriado. Su singularidad estuvo en habitar ambos mundos: la solemnidad de la alta costura y la popularidad del ready-to-wear, sin perder identidad ni prestigio.
Esa dualidad también se expresó en su vida pública. Valentino no solo vistió a la aristocracia europea y a las grandes fortunas internacionales, sino que se convirtió en un protagonista permanente del jet set global. Su imagen quedó asociada a escenas que hoy forman parte del archivo cultural del siglo XX: Jacqueline Kennedy Onassis en Capri, Liz Taylor bailando en salones romanos, Aretha Franklin cantando en su cumpleaños en Nueva York, o André Leon Talley visitando su yate.
Una figura pública con causas propias
Lejos de mantenerse al margen de los debates de su tiempo, Valentino utilizó su visibilidad para posicionarse. En plena Guerra del Golfo, diseñó un vestido por la paz; fue una de las primeras figuras de la moda en comprometerse públicamente con la lucha contra el VIH/SIDA y fundó en Roma una academia dedicada a las artes, convencido de que la creación debía trascender el negocio.


Con ironía y lucidez, solía resumir su vida en una frase que hoy funciona como epitafio: “Sé hacer solo tres cosas en la vida: ropa, decorar casas y entretener a la gente”. Esa capacidad de entretenimiento encontró una de sus expresiones más recordadas en Donna Sotto le Stelle, el desfile anual que convirtió las escalinatas de Trinità dei Monti en una pasarela a cielo abierto y quedó grabado en la memoria colectiva de generaciones enteras.
La muerte de Valentino Garavani cierra un capítulo decisivo de la historia de la moda. Su obra, sin embargo, permanece: en el rojo que lleva su nombre, en la idea de elegancia como espectáculo y en la certeza de que la alta costura puede ser, al mismo tiempo, arte, industria y cultura popular.

















