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La crisis que se ve y la que no: lo que la industria textil evita mirar

MUJER EN TALLER TEXTIL PENSANDO

Enero suele ser un mes extraño para la industria textil.
No es del todo pausa, pero tampoco es arranque pleno. Es un tiempo suspendido, donde el ruido baja y aparecen las preguntas. Y si hay una palabra que vuelve una y otra vez cuando pensamos el presente del sector es crisis.

La crisis económica es evidente y ampliamente conocida: costos elevados, presión impositiva, caída del poder adquisitivo, importaciones que tensionan la producción local, talleres que sobreviven como pueden y un consumo cada vez más retraído. No hace falta profundizar demasiado: quienes habitamos el sector la vivimos todos los días.

Sin embargo, la industria textil argentina no atraviesa únicamente una problemática económica. Tal vez estemos frente a algo más profundo y menos nombrado: una crisis de identidad.

Hagamos una pausa y revisemos hacia dentro

Durante años, gran parte de la industria y de las marcas que la integran, corrió detrás de modelos que prometían visibilidad, volumen o rentabilidad rápida. Hoy, ese modelo muestra signos de agotamiento. No solo en términos económicos, sino culturales.

La pregunta ya no es únicamente cómo producir, sino para qué y desde dónde.
¿Qué identidad estamos construyendo como industria?
¿Qué lugar ocupa hoy el oficio?
¿Qué se prioriza cuando diseñamos, enseñamos o comunicamos?

En la búsqueda constante de adaptarnos, muchas veces se pierde algo esencial: la coherencia entre lo que hacemos, lo que decimos y lo que somos. La urgencia por encajar, en mercados, tendencias o lógicas externas, terminó diluyendo relatos propios, saberes locales y formas de hacer que históricamente definieron al entramado textil argentino.

Pero esta crisis de identidad no ocurre en el vacío. También dialoga con un cambio cultural profundo del consumidor. Hoy no compra, no elige ni se vincula de la misma manera. Está más informado, más crítico, más sensible a las incoherencias. 

Mirar solo la crisis “de afuera”, la económica, la productiva, la coyuntural, es más fácil que revisar hacia adentro. Sin embargo, es justamente ahí donde se juega buena parte del futuro del sector: en la capacidad de reconocer quiénes somos hoy y qué tipo de vínculo queremos construir con quienes consumen, aprenden y trabajan dentro de la industria.

Es por eso que, así como al comenzar el año solemos proyectar objetivos y deseos, también vale la pena detenernos a observar la identidad que estamos construyendo.

Enero no viene a darnos respuestas cerradas, sino a ofrecernos un momento de pausa para mirar con más atención. Tomar lápiz y papel y revisar, con honestidad, algunas preguntas clave:

  • ¿Qué valores sostiene mi marca más allá del producto que vende?
  • ¿Qué decisiones tomo cuando nadie me está mirando: en la producción, en los vínculos, en los tiempos?
  • ¿Qué dice mi marca sin palabras: sus precios, sus procesos, sus imágenes, sus silencios?
  • ¿Existe coherencia entre lo que comunico y lo que realmente hago?
  • ¿Desde qué lugar me posiciono frente a mi contexto: desde la urgencia, la imitación o la convicción?
  • ¿Qué tipo de vínculo busco construir con quienes eligen mi marca: transaccional o significativo?

Más que certezas inmediatas, este inicio de año invita a observarnos con mayor profundidad, leer el contexto y decidir con conciencia qué identidad queremos sostener y proyectar en el tiempo.

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