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¿Nos transformamos o morimos? La transformación estructural de la industria textil argentina

PENSAR EL HACER FEDRA

El debate sobre el sector textil no deja de ser el centro de la escena, donde la crisis se narra como un fenómeno repentino, un accidente externo que irrumpió de un día para otro. Un enfoque incompleto y peligroso para repensarnos como industria. 

Reducir una crisis estructural a un problema de números implica ignorar las decisiones no tomadas, los modelos que nunca cuestionamos y el habernos quedado dormidos mientras el mundo cambiaba a una velocidad que nos dejó fuera de juego.

Pero… 

El contexto mutó y nos dejó en evidencia. Con la apertura de importaciones y la omnipresencia de plataformas globales, el consumidor ya no solo compara precios: compara identidades y decide. Esta fragilidad se gestó durante años de falta de políticas claras, y una desarticulación crítica entre lo que enseñan las universidades y lo que el mercado, o el taller de la vuelta,  realmente necesita.

¿Cómo nos reacomodamos entonces? Hoy el mercado argentino se divide en tres caminos con consecuencias drásticas para nuestro territorio.
Por un lado, la Producción Nacional Total, ese modelo que sostiene toda la cadena, que controla el calce y construye identidad, pero que hoy lucha contra costos asfixiantes en una escala pequeña.
Por otro lado, el Diseño Local con Producción Global, una tendencia en aumento que busca escala pero entrega a cambio su soberanía productiva. Es un modelo que nos ata a una dependencia logística peligrosa: mientras el barco con la mercadería cruza el océano durante meses, la volatilidad de nuestra economía o el cambio de una tendencia pueden hacer que la marca pierda antes de llegar al puerto.
Finalmente, la Importación Pura, ese retail que crece bajo la desregulación pero que no agrega valor, no genera oficio y termina vaciando los talleres, convirtiendo a la marca en una cáscara vacía, una etiqueta pegada en un producto que no tiene historia local.

En este escenario de competencia feroz contra lo importado, el rol del diseñador tiene que mutar de forma urgente. Hoy el profesional debe ser el aceite que haga funcionar el músculo productivo. Las universidades y centros de formación tienen el desafío de ampliar su horizonte: el profesional moderno tiene que ser capaz de auditar un taller local, de entender la química de una fibra y de tener siempre un “Plan B” nacional en la manga. Porque aunque la Inteligencia Artificial pueda diseñar un producto visualmente perfecto, todavía no puede operativizar un taller ni resolver una tizada en 48 horas. Ese es nuestro valor humano e industrial, y es lo que no debemos dejar morir.

Europa nos sirve como una advertencia urgente. Tras el fin del “Acuerdo Multifibras” en 2005, el continente abrió sus fronteras y, en menos de cinco años, vio cómo su estructura media de la moda se desvanecía. Las marcas mantuvieron sus sedes de marketing en París o Milán, pero perdieron a los maestros que sabían operar las máquinas. El diseño auténtico terminó refugiado en boutiques para turistas, mientras el ciudadano común se vestía con descartes globales.
Se rompió la transmisión del conocimiento y hoy Europa gasta millones en subsidios para que los jóvenes vuelvan a aprender lo que sus abuelos hacían con naturalidad. Argentina todavía tiene a esos maestros. Estamos a tiempo de no cometer el mismo error de soltar el oficio por la promesa de una rentabilidad inmediata que nos deje el saber hacer en cero.

Esta invitación no es una bajada de línea, sino un primer boceto para pensar qué podemos ofrecerle hoy a esta industria. No nos quedemos viendo cómo se rompe el sistema; tenemos herramientas y creatividad para ajustar. Pienso, por ejemplo, en la Consultoría de Curaduría Técnica, ese puente que ayuda a las marcas que importan a “traducir” sus diseños para que no lleguen 5.000 prendas que nadie puede usar. O en la Gestión de Post-Producción Física, verdaderos “médicos de guardia” que intervienen producciones fallidas mediante bordados, lavaderos o ajustes de moldería para salvarlas del descarte. Incluso en Células de Micro-Producción de Valor, donde se produce localmente ese 20% de la colección que le da el propósito y la identidad a una marca que trae lo básico de afuera.

Te invito a que hagas tu lista, a que pienses qué soluciones podés dar vos al sistema actual. Nuestra profesión u oficio hoy puede servir a la eficiencia, evitando que la ropa termine en un outlet por mal calce; a la ética, salvando prendas del descarte; y sobre todo a la humanidad, recordando que detrás de cada métrica hay un cuerpo que siente y una identidad que busca expresarse. Sostener la industria textil argentina no es un acto romántico de nostalgia. Es una estrategia de supervivencia productiva y cultural. 

Quizás el secreto sea transformar el oficio para no perderlo. Nuestra ‘carreta’ hoy pide tecnología y estrategia para navegar el cambio, pero el amor por el hacer es, y será siempre, el motor que nos permite seguir trazando nuestra propia ruta.

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